La noche de Los Cafres (Plaza Condesa)

En la entrada de El Plaza Condesa encontré a mi exnovia. Esperaba la revisión de su boleto recargada en el barandal. No apoyaba el zapato izquierdo en el pavimento porque seguro lleva algunos churros ocultos en el talón. La conozco.

Odia cualquier música si no es reggae y aborrece a todas las bandas que no son Los Cafres. Debí suponerlo. Carajo, me vio. Nos saludamos. Estaba sola. Pidió con amabilidad que pasara el concierto a su lado.

Sacó el primer porro, lo prendió, le jaló. Yo también. Guille Bonetto asaltó el escenario y comenzaron las hostilidades. Su público abarrotó el inmueble. Ellos: buena onda, relajados. Ellas: enamoradas perdidamente del cantante argentino.

No estaba familiarizado con las piezas del nuevo álbum, motivo de la reunión nocturna de hoy, pero “Sé q’ El Mar”, “Por Más Que Intente” y “Sigo Caminando” se encuentran apegadas 100 por 100 a la esencia original, pero con un sonido más fuerte del sintetizador.

El sonido fue impecable, ensayaron hasta la muerte. Bien. El espectáculo de luces prudente, claro. Por primera vez no atascan una banda de reggae con luces verdes, amarillas y rojas molestas como una patada en los huevos. Disfruto mucho los conciertos en El Plaza, son impecables.

La cosa se puso íntima con “Hace Falta”, donde Guillermo alabó a nuestro país. “Que bueno que México todavía está despierto”, “Los extrañaba” y demás alagos. La gente, por supuesto, se volvió loca. Se entregó en cuerpo y alma.

Ella se acercó, me acarició. Intenté esquivarla. El apretujón de la gente impidió que me alejara. Me dejé llevar. Le acaricié el cabello. Le abracé. Desfilaron “El Ángel”, “Imposible”, “Será Que Sos Un Ángel” y “Casi Que Me Pierdo”. Imposible no enamorarme de nuevo. Dejé de poner atención al escenario para perderme en sus ojos.

Tras un buen baile y algunas fumadas de más, decidí que era buen momento para contarle de todo el amor acumulado en mi corazón. Primero le canté al oído “No Puedo Sacarte De Mi Mente” y “Aire”. Fui al baño para tirar los nervios. Prometió esperarme. Me dio un beso. Hasta entonces lo supe: todavía me ama.
Aunque corrí desesperado, la fila en los miaderos era larga y lenta: llena de borrachos con litros y litros de líquido. A lo lejos pude escuchar las ovaciones. “Oe oe oe, Cafres, Cafres”. De la banda para la banda.

Reventaron una maravillosa velada, al menos para mí, con “La Receta”. Para entonces ya me estaba lavando las manos. Cuando salí todos huían en estampida rumbo al Sistema de Transporte Colectivo Metro y Metrobus.

Ella no estaba en el punto acordado. Le busqué, sin éxito, entre la multitud. Apreté el paso. Ya olvidé su dirección, no tengo su teléfono y me bloqueó de Facebook. No podré buscarla para exigir una explicación. Me dejó. Huyó. Como siempre. Debí suponerlo.

Otro 14 de febrero solo.

Aquí está toda la galería:

Gustavo Azem
Gustavo Azem
No tan guapo como Brad Pitt, ni tan simpático como Chespirito.

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