Cine
La Historia del Sonido: un excelente drama íntimo sobre la memoria sonora
Por Danieska Espinosa
Lionel es un talentoso cantante de la Kentucky rural criado con las canciones que su padre cantaba en el porche. En 1917, abandona la granja familiar para asistir al Conservatorio de Música de Boston. Allí conoce a David, un encantador estudiante de composición musical que pronto es llamado a filas al final de la guerra. En 1920, ambos pasan un invierno recorriendo los bosques y las islas de Maine, recopilando canciones populares con el fin de preservarlas para las generaciones futuras.
De qué va La Historia del Sonido
La Historia del Silencio es un drama romántico de época escrito y dirigido por el cineasta sudafricano Oliver Hermanus, basado en el relato de Ben Shattuck. En ella, cuenta la historia de dos hombres que se conocen en 1916 y que, años después, en 1919, recorren zonas rurales de Nueva Inglaterra para registrar canciones folclóricas, siendo ese paseo el que funciona como eje narrativo de una estructura que depende mucho de la observación cultural. No es una cinta de grandes giros argumentales, sino de proceso, registro e investigación.

El peso principal de la trama recae en Lionel, personaje interpretado por Paul Mescal. Su presencia ordena el ritmo y la perspectiva del relato. La cámara suele permanecer cerca de él y muchas decisiones de puesta en escena refuerzan su punto de vista. Josh O’Connor opera como contraparte dramática en el rol de David. Sus interacciones juntos sostienen buena parte del interés en el relato que va ahondando en la identidad no solo de la música sino de su propia sexualidad. La química entre ambos es clara en pantalla y se construye con gestos pequeños, pausas y diálogos medidos, sin necesidad de subrayados constantes.
La relación entre ambos se desarrolla a través de acciones concretas: escuchar, anotar, grabar, trasladarse de un lugar a otro. El vínculo no depende de grandes declaraciones, sino de convivencia y trabajo compartido. Ese enfoque hace que la conexión resulte creíble dentro del contexto histórico que retrata la película. Ni que decir de la música y el sonido, algo que se encuentra latente entre ambos y sirve como ese lazo que une a los dos de formas inesperadas en un contexto complicado para ambos.
Algo interesante de La Historia del Sonido es justo el tratamiento de la posguerra, mismo que está presente, aunque no domina la superficie del guion. Las secuelas del conflicto aparecen en conversaciones, silencios y comportamientos, más que en escenas explícitas. No es un drama bélico, pero reconoce el impacto del periodo. La guerra funciona como un contexto estructural que influye en las decisiones de los personajes y en la fragilidad de su entorno social. Aunque el tema no se explora de forma extensa en pantalla, su peso se mantiene y marca de forma implícita lo que sucede en el relato.
La reconstrucción de época es consistente. Vestuario, locaciones y utilería están alineados con el periodo y no distraen. La fotografía privilegia espacios abiertos, interiores sobrios y luz natural. Esto contribuye a una sensación de registro histórico más que de espectáculo visual. El diseño sonoro tiene un rol relevante por el tema central de la grabación de canciones tradicionales. Las voces y los ambientes están capturados con claridad y sin sobreproducción, lo que refuerza la intención documental dentro de la ficción, misma que es el pretexto inicial para el lazo entre ambos, ese romance prohibido en tiempos intolerantes.

Se agradece que el guion mantenga un tono contenido, evitando a toda costa caer en el melodrama. La progresión es lineal, con foco en la relación entre ambos, la música misma y el recorrido geográfico. No busca acelerar conflictos ni introducir obstáculos artificiales. Esa decisión puede percibirse como ritmo pausado, pero es coherente con el objetivo de retratar un proceso de encuentro, archivo y memoria cultural, pero sobre todo de amor e identidad.
Como propuesta cinematográfica, La Historia del Sonido funciona por precisión interpretativa y coherencia formal. Destaca la dupla protagónica, el control de tono y la integración del contexto histórico sin convertirlo en un discurso explícito, creando así un drama de época centrado en la humanidad de sus personajes y su oficio, con enfoque en detalle y comportamiento, así como la importancia de una memoria artística a través de lo que van recopilando en sonidos y vivencias.
Es así que el proyecto del director sudafricano resulta sólido en ejecución y clara en propósito capaz de crear un drama romántico de época, dejando atrás la experiencia efectiva de hacer un remake de un clásico del cine como fue Vivir de Akira Kurosawa para regresar a un estilo que no deja de poner en frente la sensibilidad de sus personajes ante la vida y el arte mismo.
