Pólvora Live
Los Mesoneros en Abbey Road y el Lunario: crónica de un sueño que cruzó fronteras
Para Los Mesoneros grabar en Abbey Road y después trasladar esa experiencia al Lunario significaron dos noches de absoluta locura.
Hay logros que se sienten gigantes y otros que, desde fuera, podrían parecer mínimos. Todo depende del lugar desde donde se miren. Para algunos, cumplir un año cubriendo conciertos, entrevistas y conferencias de prensa puede parecer apenas el inicio; para otros, es una meta que suena lejana, incluso imposible. En mi caso, ese primer año ha sido una puerta abierta a experiencias que hace no mucho tiempo solo existían como ideas vagas, casi fantasiosas.
Y, sin embargo, hay historias que logran poner todo en perspectiva.

De una tradición a un sueño inesperado
Para Los Mesoneros, grabar en Abbey Road y después trasladar esa experiencia al escenario del Lunario del Auditorio Nacional, en la Ciudad de México, significó dos noches que no solo replicaron un proceso musical, sino que lo transformaron en un acto vivo, compartido con un público que ha estado ahí desde los días de Indeleble
Todo comenzó como una idea que parecía seguir una tradición. Después de cada disco de estudio, la banda ha decidido grabarlo en vivo; lo hicieron con Pangea, lo hicieron con los diez años de Indeleble. Esta vez, la intención era similar con Nuestro Año, pero, como suele pasar, a veces planeamos una cosa y nos sale otra. Aquí, las cosas se salieron un poco de control. Lo que empezó como una visita terminó en que cumplieran un sueño.

La anécdota que lo cambió todo
Después de tocar un par de canciones, nos contaron cómo llegaron a cumplir este sueño. Calín, miembro de la banda, estaba en su despedida de soltero. Él quería ir a Manchester. En medio del viaje, se cruzaron con Abbey Road. Llegaron como llegan muchos fanáticos del lugar, por las estrellas que han estado ahí. Pero no los dejaron entrar y solo se tomaron una foto en la reja.
Ahí pudo haber terminado la historia, pero empezaron a cuestionarse si podrían entrar, tocar una sesión o grabar algo. Lo comentaron con su equipo, casi sarcásticos: “¿Y si tocamos en Abbey Road?”, y Luis muy sarcásticamente contestó: “¿Y si vamos a la luna?”. Con todo pronóstico negativo, alguien del equipo tenía un contacto. Tocaron la puerta, insistieron y los recibieron.
Lo que siguió fue una mezcla de incredulidad y emoción difícil de explicar. Estaban ahí, en uno de los estudios más emblemáticos de la historia de la música, un lugar donde las paredes parecen guardar voces de otras épocas. Entre bromas, como aquella sobre Juan Ignacio Sucre y su parecido con el cabello rubio de Catr7el, y momentos como compartir “Te lo advertí” con Morat, la despedida de soltero de Carlos “Calín” Sard —abandonando como único soltero al vocalista de la banda— se convirtió en su proyecto más ambicioso hasta ahora.
Para un proyecto de esa magnitud, sabían que necesitaban regresar a sus raíces. Por eso buscaron a Héctor Castillo, su primer productor. La intención era clara: capturar la esencia de la banda en un formato completamente en vivo, con todas las virtudes y todos los riesgos que eso implica. Equivocarse, volver a empezar o escuchar las canciones desde otro ángulo, menos trabajado y, como se dice, “orgánico”.

La conexión entre artistas y fans
Me gusta mucho que los artistas compartan sus logros con sus fans, haciéndolos partícipes de lo que aman, y es recíproco. Siento empatía por ellos, que se han esforzado tanto para llegar a su destino, a sus sueños. Yo no me veo ni siquiera en Londres; no es un sueño para mí, y aun así me gusta escuchar esos sueños en los demás. A lo mejor algún día cuente mis metas en voz alta y alguien comparta conmigo esa emoción, como la de los presentes en el show.
Las dificultades técnicas no tardaron en aparecer. Intentar recrear en Londres una sesión que después sería trasladada, en espíritu, a México, implicaba un nivel de precisión. Pero también había algo liberador en ese proceso: la posibilidad de que las canciones respiraran de otra manera, de que encontraran nuevos matices en un entorno distinto. No se molestaban o se frustraban; se reían con el público cada que una canción no salía bien y la repetían, mientras las porras coreaban “¡Sí se puede!” y, al lograr la nota y tocar la canción completa, seguía un “¡Sí se pudo!”.
Había algo profundamente especial en esa dinámica.

Un concierto donde el público decidía
La gente gritaba canciones. Las pedía con emoción y esto influía en el rumbo del concierto. La banda respondía, comenzaban la rola, se equivocaban y empezaban desde cero, una y otra vez. Era divertida la coreografía que se armaba en el escenario para los que tenían que checar por qué estaba sonando mal algo, y la agrupación, mientras tanto, decidía besarse. Calín no se besó con nadie porque ya está casado, pero Luis decidió replicar aquel beso de su primer Lunario. Estaban tan emocionados que se besaron, y esta vez fue con Juan.
Se pidió un beso de tres y nunca llegó, pero el que sí llegó —y era de esperarse— fue Agustín, integrante del otro proyecto de Luis, Lagos (porque de Arawato ya ni hablamos, ojalá un día vuelvan), y nos tocaron “Mónaco”. El público estaba muy consentido; todo lo que pedía se le daba.
Dos noches que se convirtieron en experiencia
Las dos presentaciones en la Ciudad de México no fueron simples conciertos. Fueron una experiencia construida en tiempo real. La banda no se limitó a tocar un setlist predefinido; decidió crear esta posibilidad de decisión para los fans. Entre canciones, compartían imágenes, anécdotas, fragmentos de lo que había sido el viaje. No solo fuimos a escuchar cómo tocan, sino el porqué llegaron de nuevo al Lunario después del Auditorio Nacional.
Porque si algo quedó claro esas noches es que, aunque pareciera que nadie sabe quiénes son Los Mesoneros, el Lunario estaba lleno de los más grandes fans de la banda. No había una sola persona que no supiera las letras, que no conectara con al menos una canción. Éramos un coro colectivo.
Canciones como Indeleble, Solo, “Te lo advertí”, Expropiese, Dos y Nuestro Año convivieron en un mismo espacio, desde aquel primer álbum hasta el último, con su crecimiento y experiencia obtenida con los años.

Crecer, cambiar y encontrar tu propio Abbey Road
Y es que la vida se trata de eso, de crecer y de cambiar; por eso las oportunidades llegan a cada uno de nosotros. Cuando comencé a escribir, sentía que estaba viviendo un sueño, y ahora constantemente me esfuerzo para ser suficiente en este lugar que me ofrecieron, que me ha llevado más cerquita de mi sueño, y no solo en lo profesional, sino también en lo personal. Pero, así como ellos, han pasado tantas cosas y experiencias que me han llevado a mi propio
Este proyecto tomó forma en dos días de grabación y en dos días de presentaciones. Fue presumido al público por primera y única vez, pues, como lo aclararon, esto sería algo que no querían repetir y que se volviera único.
Entre las múltiples anécdotas que surgieron en el escenario muy graciosas y constructivas para la relación artista-fan, Luis Jiménez confesó haberse enamorado de una de las colaboradoras en Londres, aunque la historia no tuviera el desenlace esperado, ya que tenía novio y también era colaborador de ahí. Es extraordinario ver cómo el arte que es la música es un estilo de vida y, entre micrófonos, hay convivencia, amor, una que otra cerveza y lo que siempre debe de haber en tu vida: pasión.
Los Mesoneros construyeron un puente. Unieron Londres con la Ciudad de México, el estudio con el escenario, el pasado con el presente. Y, en ese cruce, encontraron una forma de celebrar su historia y reconocer lo que han sido estos años.
Un recuerdo que solo entienden quienes estuvieron ahí
Para quienes estuvimos ahí o para quienes hemos seguido de cerca ese proceso, queda la sensación de haber sido testigos de algo irrepetible. De esos momentos que, cuando se cuentan, pueden sonar exagerados, pero así somos los fans cuando vivimos estas experiencias: no todos van a entender lo que sentiste.
Porque, al final, los logros, grandes o pequeños, no se miden por cómo suenan desde fuera, sino por lo que significan para quienes los persiguen. Y esas noches en el Lunario quedó claro que algunos sueños, por más improbables que parezcan, sí se cumplen.
Solo hace falta tocar la puerta correcta.
Y, como no podía ser de otra forma en Abbey Road, replicaron la icónica fotografía en el paso peatonal, un gesto que sabemos fue más que solo eso.

