Cine
Michael: Un brillo eterno y entretenido ante un guión de cristal sobre el rey del pop
El director Antoine Fuqua suelta las armas del género de acción para retomar sus raíces en lo musical y darnos una experiencia mágica y no tan profunda con un Jaafar Jackson que no es una imitación, y se siente como una encarnación al canalizar el trauma y la genialidad…
Hablar sobre la figura de Michael Jackson hoy en día, para algunos, es hablar sobre los extremos, las excentricidades y, sobre todo, el separar el arte del artista para evocar a esos demonios que mancharon su carrera. También es traer a colación la fantasía visual de Moonwalker (Jerry Kramer, 1988), donde Michael demostró su lado más alocado e imaginativo, o el testamento agridulce de This Is It (Kenny Ortega, 2009), que nos dejó entrever su perfeccionismo hasta el último suspiro.
En una era donde las biopics buscan redención o impacto -desde la vibrante Bohemian Rhapsody (2018), la psicodelia honesta de Rocketman (2019) o la audacia casi surrealista de Better Man (2024)-, llega Michael (2026) para intentar encapsular lo inabarcable en un solo trabajo.

Y esto, curiosamente, es bajo la mirada de Antoine Fuqua. El director, consagrado por la crudeza callejera de Día de Entrenamiento, la espectacularidad de El Ecualizador o la ambición conceptual de Infinito, quien también ha demostrado su pulso para narrar la resiliencia en entornos hostiles con cintas como Lágrimas del Sol con las actuaciones de Bruce Willis y Monica Bellucci.
Pero aquí con Michael, abandona aquí la adrenalina pura y el cine de género que han definido su carrera. Esta vez, Fuqua suelta las riendas de la acción para adentrarse en un terreno mucho más íntimo y complejo, asumiendo el desafío de traducir la vulnerabilidad del Rey del Pop a través de un lente que, hasta ahora, parecía reservado para la fuerza y el conflicto externo.

De qué va Michael
Nos invita a asomarnos detrás de la cortina del Rey del Pop para descubrir al hombre que habitaba dentro del mito.
La historia nos lleva de la mano desde sus primeros pasos como el pequeño gran talento de los Jackson 5 hasta su explosión como la estrella más brillante de la Tierra. Más que un simple repaso por sus éxitos, esto nos dará los claroscuros de su vida: ese choque constante entre la magia que Michael regalaba al mundo y las batallas personales que libraba en silencio. Este acto, busca rescatar el corazón y la vulnerabilidad de alguien que, aun siendo el centro de todas las miradas, siempre fue un enigma para todos.

“Deja que tu luz brille…”
El riesgo de Fuqua y el guión de cristal
Antoine Fuqua suelta las armas del género de acción para retomar sus raíces. Y es aquí donde algunos o hasta muchos olvidan que Fuqua se curtió dirigiendo videos musicales (como el icónico “Gangsta’s Paradise” de Coolio que fue un himno para cierta generación o el haber realizado trabajos para Usher y Toni Braxton). Esa escuela se nota: la película de Michael es visualmente impecable, logrando que nos sintamos parte del crew en los rodajes de Beat It, la presentación de Billie Jean o Thriller, lo cual leeremos más adelante.
Es una experiencia “feel good”, mágica y por momentos puramente sensorial que te abraza para que la disfrutes.
Sin embargo, el guion de John Logan (el mismo de Gladiador de Ridley Scott) decide irse por el camino de la empatía. Logan nos muestra los altibajos de los Jackson 5 y la transformación de Michael en el titán de Billboard, pero lo hace “migajeando” la historia. Pasa por encima de los traumas y los momentos más oscuros -como el incidente de Pepsi o la compleja relación con su padre- con una ligereza que a veces se siente inconexa, como si algo más debiera pasar, como si viéramos una colección de sketches de lujo en lugar de una vida continua.

Porque antes de la corona solitaria, estaban los Jackson 5.
Y es ahí donde la película se toma el tiempo de mostrarnos que Michael no nació en el vacío; estaba rodeado de sus hermanos (Jackie, Tito, Jermaine y Marlon), quienes eran el soporte rítmico y vocal de esa explosión de soul juvenil. Y es ahí, por momentos, donde es fascinante ver cómo la dinámica familiar, aunque tensa por la sombra de Joseph Jackson (Colman Domingo), se transformaba en pura electricidad en el escenario. Esa etapa nos regala momentos donde la música se siente orgánica, cruda y llena de esa inocencia, en la cual un pequeño Michael (Juliano Valdi) nos sorprenderá por la energía de su voz e interpretación.

Pero cuando llegamos a la era de solista, Fuqua se detiene en momentos que son puro oro para el fan. La recreación de “Beat It” es magistral: vemos ese intento casi suicida de unir a dos pandillas reales para el video, transformando la violencia callejera en una coreografía que cambió la cultura pop, pese a que no vemos el resultado final. Ahí vemos al Michael conciliador, el que usa el ritmo para apagar fuegos y su alma para brillar.
Y luego está “Thriller”. Aunque en la cinta se siente como un vistazo rápido, logran transmitir esa obsesión de Michael por la perfección. No era solo una canción; era su deseo de romper el cine dentro de la música. Ver el proceso de inspiración, el maquillaje y esa búsqueda incansable por hacer algo que nunca se hubiera visto antes, nos conecta directamente con su mente creativa. Son breves chispazos, sí, pero con la potencia suficiente para recordarnos que Michael no solo cantaba, él construía mundos.

El brillo y la muralla del miedo
Lo que sostiene el alma del filme es Jaafar Jackson. El sobrino es algo impresionante en su debut. Su voz logra calcar ese brillo metálico y dulce de su tío, pero lo que realmente estremece es su mirada; logra capturar esa mezcla de soledad y asombro que Michael cargó toda su vida arriba y bajo el escenario. No es una imitación, es una encarnación donde Jaafar parece canalizar el trauma y la genialidad, logrando que el espectador sienta que está viendo al hombre antes de ser consumido por el icono.

A su lado, Colman Domingo como Joseph Jackson es, sencillamente, el “hijo de perra” que necesitábamos odiar. Domingo no solo interpreta a un villano, sino a un hombre que moldea el talento a base de miedo. Su presencia en pantalla es asfixiante, logrando que cada una de sus intervenciones se sienta como un recordatorio del costo de la perfección. Es una actuación tan sólida que proyecta toda la ira del espectador hacia la pantalla, convirtiéndose en el motor de la tragedia que define la infancia de Michael.
Pero es en el cuerpo a cuerpo donde la película realmente duele. La química entre ambos es una danza de tensión constante: mientras Jaafar proyecta una fragilidad que parece a punto de romperse, Colman se erige como una muralla de autoridad implacable. Hay una electricidad incómoda en sus escenas compartidas, donde cada muestra de afecto se siente condicionada y cada mirada de Joe parece buscar una grieta en la perfección de su hijo.
Esta fricción es eléctrica; es el choque inevitable entre un talento que quería volar y un verdugo que solo sabía construir jaulas de oro.

Luces, maquillaje, vestuario y mucho mucho brillo con sonido…
Esa búsqueda de autenticidad a los detalles en el vestuario y lo visual en cuanto a pertenencias de Michael corresponde, llega al extremo del fetiche gracias a la colaboración de Lady Gaga, quien prestó piezas de su colección, permitiendo que la producción respire una verdad que ninguna réplica podría lograr. Pero pidiendo a cambio ir en cualquier momento a los rodajes y ver lo que creaban.
Ese respeto por el detalle se extiende al peinado de Jaafar, donde el equipo de estilismo logra una transformación milimétrica: desde el afro perfectamente esculpido de los Jackson 5 que nos remite a la energía juguetona de ‘ABC’, hasta esos rizos icónicos que definieron su madurez.

La música, por su parte, traza este camino con una precisión quirúrgica.
Mientras el soul de ‘I Want You Back’ nos hace vibrar con ese bajo protagonista, es con la explosión de ‘Don’t Stop ‘Til You Get Enough’ donde la película realmente despega. En ese momento, el filme captura el instante exacto en que Michael descubre su propia libertad, transformando el ritmo en un lenguaje de emancipación. Finalmente, es en temas como ‘Human Nature’ donde la arquitectura sonora de Quincy Jones se vuelve casi etérea, sirviendo como el refugio emocional de un hombre que, a pesar de sus excentricidades, solo buscaba una conexión humana a través de su arte.

El dominio del escenario
En definitiva, la película de Antoine Fuqua no busca ser un registro histórico infalible, sino una experiencia sensorial. Es un viaje que prefiere la magia de las luces antes que la profundidad de las heridas.
Quizás por eso, Michael es una cinta que posiblemente no gane el ‘Disco de Oro’ por su tono dramático, pero se lleva el de Platino en puro entretenimiento. Se queda corta frente a la crudeza de biopics como Better Man, siendo más blanda de lo que algunos esperaríamos, pero su ejecución es tan hermosa que te atrapa y no te suelta, seas fan o no.
Si dejas de buscarle las costuras al guión y los fallos técnicos, terminas bailando en el asiento. Es un homenaje luminoso y un viaje nostálgico que, aunque por momentos se sienta como un playback de su vida, logra sostenerse gracias a una buena actuación. Al final, nos recuerda lo único que realmente importa: por qué, a pesar de las sombras, Michael siempre será el Rey.
