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Carta para Andrés Calamaro: el maestro que me enseñó a sentir, vivir y amar el rocanrol

Mientras tenga tus canciones, Andrés, ni tú ni yo estaremos solos

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Las primeras veces que me contaron tus hazañas, Andrés, no lo podía creer. Me preguntaba día y noche cómo un cabrón fue capaz de grabar canciones las 24 horas del día, sin poder dormir, sin comer, a tope de alcohol, pastas y vida, con una maraña en la cabeza de ideales, pensamientos intrusivos, crisis existenciales o el enorme ego por hacer el disco más caro del mundo. No me entraba en la cabeza que un álbum quíntuple no fuera por el amor al arte ni por el placer de hacer rocanrol, sino exclusivamente para que Bob Dylan volteara a verlo con el objetivo de buscar la aprobación de tu ídolo. Un disco de 103 canciones, Calamaro, qué maravilloso. Me lo he escuchado varias veces.

Es esa la valentía que necesitan todos los artistas de la época. Hoy en día veo que no importa nada que no sea un hit. Una canción que no se hizo viral en TikTok ya no figura en el panorama. Si no llena estadios no vales nada. Si te politizas, si levantas la voz, si señalas, si protestas o si incómodas te critican. Prefieren dejar de hablar, se quedan sin voz para alinearse a los intereses del sistema, aceptan sin rechistar de todo para ser famosos. Es todo lo que quieren. Murieron los ideales del rocanrol.

Pero tú eres de acero, Andrés. Dejaste Argentina porque no creyeron en ti. Te peleaste con leones más feroces, le plantaste cara a los malos amigos, a las vacas sagradas y a los de cuello blanco. Hiciste y dijiste lo que pensabas. Te divorciaste de tus canciones. Avanzaste. Nunca te ha gustado estar en el mismo lugar por mucho tiempo. Tengo tanto que aprender de ti.

Nunca te diste por vencido, y esa, creo, es la lección más grande que me dejas. No te puedo mentir, me he dado por vencido muchas veces. Intenté morirme un par de veces, pero fueron infructuosas, la tercera ni siquiera la llegué a concretar, me quedé con el instrumento en lad manos, con las lágrimas por toda la cara.

Andrés Calamaro en el Pepsi Center. Crédito: Gustavo Azem / Pólvora

Empezaste tocando puertas, haciendo bandas y componiendo canciones, hasta que Los Abuelos de la Nada te llamaron y demostraste de qué estabas hecho. Tocaban increíble. Tengo varias rolas guardadas en favoritos. Qué lamentable la recientemente muerte Melingo. Pero mi banda favorita, Andrés, será por siempre Los Rodríguez. Yo ni siquiera había nacido cuando lanzaron rolones como Mi Enfermedad, Engánchate conmigo, Sin Documentos y Para No olvidar. Era una banda auténtica, llena de sonidos e influencias musicales de todo tipo, no son en esencia rocanrol, pero tampoco tango ni flamenco, ni pop, ni folclore. Aprendí de tu mano lo que era la fusión.

Escuché la primera de tus canciones cuando un amigo llevó su guitarra al CCH, nos saltamos varias clases, como siempre, y nos deleitó con varias canciones mientras bebíamos coca cola mezclada con ron y comíamos tortas con papas. “Flaca, no me claves tus puñales por la espalda, tan profundo, no me duele, no me hacen mal”

— “¿Eso qué es?”, le pregunté.

— “El Salmón”, me dijo, y ya jamás te solté.

Esa viene integrada en Alta Suciedad, un disco muy técnico, bien tocado, cuasi perfecto, donde conviviste con los mejores músicos del mundo. Pero el Honestidad Brutal es otra cosa, es muy tú. Es el vivo retrato musical del caos que significa la cabeza de Calamaro. Suena crudo, a veces rudo, mortal y nostálgico, amoroso, enamorado, cursi, pero también odioso, cansado, enojado y ambicioso, egoísta, rencoroso. No descansaste hasta dar con las 37 canciones que más allá de ser perfectas, contaran quién eres tú en lo más íntimo de tu vida, de tu cerebro, de tu corazón, de tu talento.

Hotel Calamaro, Vida Cruel, Grabaciones encontradas, El Cantante, Tinta Roja, Lengua Popular, Andrés, Bohemio, Cargar la Suerte, todos me los he fumado tres o cuatro veces. No me han faltado tus discos en vivo, tus álbumes en conjunto, el homenaje que te hiciste a ti mismo con Mon Laferte, Vicentico, Raphael, Julieta Venegas, Saúl Hernández y tantos otros.

Me gusta la forma en la que escribes. A veces eres muy poeta, tienes versos dignos de cualquier premio a la literatura, incluso el Nobel como tu ídolo, Bob Dylan. Pero también eres muy real visceralista como Ulises Lima y Arturo Belano de Los Detectives Salvajes. Escribes la realidad que te atraviesa en todos los ángulos porque nunca has sido parte del star system, siempre le perteneciente al barrio, a la gente de a pie, a la clase trabajadora. No te complicas. No te alzas. Le has escrito al amor, el desamor, la traición, la alegría de vivir, el dolor de la muerte, Maradona, amigos, enemigos, hombres, mujeres, a veces a temas polémicos como las corridas de toros, el alcohol, las drogas, al gobierno, al trabajador… también a la soledad y el olvido.

Hace unos días vi una entrevista. Te preguntaron cómo estabas del corazón. Dijiste que contigo mismo estás mejor. Me acuerdo que te casaste y que te engañaron con uno de tus mejores amigos. “No es lo mismo estar soltero que estar solo”, fueron tus palabras exactas, lo dijiste liviano, con nostalgia en el rostro, pero la voz segura, el cuerpo suelto y explicaciones pocas. Como debe ser.

Por eso me acordé de ti, por eso decidí escribirte unas líneas. Hoy estoy solo, Andrés, me siento solo y me veo solo. Pero hoy más que nunca, también tengo un fuerte amor por mí mismo que jamás podrían quitarme. Además, mientras te tenga a ti, ni tú ni yo estaremos solos.

Periodista musical egresado de la UNAM; ahora editor SEO, reportero y fotógrafo de esta H. revista digital, con más de siete años en el mundo de las notas, reseñas y opiniones de la industria musical. Interesado cien por cien en la búsqueda de nuevos sonidos, tendencias y datos históricos.

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