Cine
No Dejes a los Niños Solos: cuando la hermandad llega a tintes terroríficos
Emilio Portes regresa con humor negro y mala leche en No Dejes a los Niños Solos, donde las diabluras de la hermandad en los años 80 llegan a un nivel perverso
Después de hacer una comedia bastante diferente a lo que suele hacer, Emilio Portes está de vuelta con No Dejes a los Niños Solos, donde sus experiencias como hermano mayor ayudaron a crear esta historia donde la rivalidad entre prójimos puede causar un terror impactante. Les hablamos de este filme que estrenará en noviembre en cines y que se presentó en la 24° edición del Festival Macabro.
De qué trata No Dejes a los Niños Solos
Catalina (Ana Serradilla), recién viuda, se ve obligada a dejar a sus hijos solos durante unas horas. Esa noche, con la nueva casa para ellos solos, Matías y Emiliano (Juan Pablo Velasco y Ricardo Galina) se divierten desempacando cajas y buscando su preciada consola de videojuegos, sin saber que algo les hará creer, por separado, que su propio hermano planea asesinarlo para convertirse en el único hijo varón de la familia.
Desde su ópera prima, aquella comedia “guarra” pero entretenida llamada Conoce la Cabeza de Juan Pérez hasta la batalla contra el diablo y el narco en Belzebuth, Emilio Portes se distingue por no tentarse el corazón al momento de impactar a la audiencia. Ya sea con un humor negro punzante o absurdo hasta atreverse a llevar las muertes a puntos extremos de horror, siempre hay factores en su cine que buscan generar emociones en el público.
No Dejes a los Niños Solos no es la excepción y, con ayuda de su coguionista, Alan Mendoza, crean un universo ochentero bastante detallado que sirve como un perfecto contexto para crear la tensión necesaria del relato. El cuidadoso detalle en el diseño de producción y la creación de la casa en donde los hermanos pasarán desventuras es digno de apreciarse, pues en la enorme construcción que remite a esas casonas de la época ochentera del género, existen todos los elementos donde Matías y Emiliano puedan intentar matarse mutuamente.

Tanto Juan Pablo Velasco como Ricardo Galina hacen un papel muy bueno, pues la dinámica entre ambos resulta tan odiosa que la audiencia nunca los apoya y, a veces, hasta logra desearles el mal. Todo eso hasta que un giro inesperado provoca sentimientos encontrados que detonan en el terror habitual. Y es que una de las principales virtudes de esa historia es, justamente, el poder retratar lo fastidiosamente desmadrosos que son ambos y recordar que las relaciones entre hermanos no suelen ser cordiales a esa edad.
Ese es el principal punto de ventaja, pues aunque no los apoyes, entiendes y empatizas con la cantidad de severas maldades que se hacen entre ellos. Y es que ¿quién no fue un chamaco travieso a esa edad? Pero alrededor de No Dejes a los Niños Solos, se encuentra otra historia interesante, la de Catalina, interpretada por Ana Serradilla, que se reencuentra con Portes después de su pequeña participación en Pastorela para explorar de lleno los caminos del terror.

Sorprendentemente, el relato de la madre soltera batallando por criar a sus hijos y luchando por no perder lo que más quiere, escala a un nivel interesante donde se aprecian el humor malsano del director mexicano, como otra capa irónicamente más realista: el terror de los abogados y sus abusos de poder. En medio de ello, Ana Serradilla rompe con los habituales papeles de comedia romántica para mostrar otra cara que resulta bastante eficiente, donde mezcla la preocupación de la figura materna hasta la desesperación e impotencia final.
El diseño sonoro de la cinta también es un factor fundamental, pues No Dejes a los Niños Solos va de la vívida fiesta ochentera con todo y secretaria chismosa a la tensión de los hermanos y sus ocurrencias que, además, le suman un factor sobrenatural que revienta la locura del filme. Es una risa, un sonido de teléfono, cualquier detalle de ello que va enlazando y acrecentando el misterio de lo que pasa en ambos frentes.

La música, compuesta por Aldo Max Rodríguez, combina los sintetizadores al estilo de lo hecho previamente con Portes en Belzebuth, pero con la particularidad de que en No Dejes a los Niños Solos le ayuda a transmitir a sensación de peligro en los juegos y que, cuando de verdad hay algo más peligroso entre ellos, se sienta como algo curiosamente divertido a pesar de que las consecuencias puedan ser fatales.
Así, la cinta se convierte en un ejercicio oscuramente divertido que nos recuerda la vida ochentera a través de las diabluras de Matías y Emiliano, potenciándola con aquella sensación de un juego peligroso que remarca los tintes terroríficos a los que una hermandad puede llegar, explotando todos los clichés que la época en que se ubica nos permite. Pero sobre todo, nos lleva al miedo de recordar que, aun en tiempos modernos donde el celular y las viodellamadas existen, No Dejes a los Niños Solos es un lema que ninguna familia debe olvidar, menos con el impactante final del filme.
