Cine
Street Trash, un reboot enfermo, violento y divertido de vagabundos contra ricos
De la demente mente de Ryan Kruger, Street Trash funciona por su exagerado gore, humor burdo y el más puro estilo Troma de este remake/reboot
No cabe duda que el terror ochentero creó un gran precedente en el cine de género. Entre esos materiales de culto estuvo Street Trash de James Muro, que es retomada ahora por el alocado actor y director sudafricano Ryan Kruger (Fried Barry) para traerla a tiempos modernos con un sentido de hilaridad grotesco y absurdo con todo y comentario social sobre las diferencias de clases, los abusos de poder y más. Eso sí, todo al más puro estilo de la escuela Troma de Lloyd Kauffman y Michael Herz.
De que trata Street Trash
En el año 2050, la crisis económica mundial ha destruido a la clase media en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, que ahora está dividida en dos frentes: los ultrarricos y las personas sin hogar. Ronald (Sean Cameron Michael) y un grupo de amigos de esta segunda clase tratan de sobrevivir en este mundo dividido hasta que descubren un complot del gobierno local para “licuar” a la población sin hogar con un siniestro agente químico llamado “V”. Es hora de pelear por las calles o ser licuado hasta la muerte.
Tomando como base la cinta original de 1987, Kruger se divierte con los efectos prácticos y los fluidos coloridos que le permiten derretir plenamente a los vagabundos y uno que otro ricachón abusivo. Pero la gran diferencia es cómo el cineasta lleva al Street Trash de una urbanidad estadounidense a un futuro distópico en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, lo cual le permite explorar el pasado racista/clasista de una nación que fue cuna del Apartheid y la segregación.
A esto, esta versión le añade un diseño de arte bastante callejero y donde los efectos especiales solamente son usados de manera cutre para darle vida a una urbe súper desarrollada sobre las calles y los lugares más comunes donde Ronald y sus amigos intenta sobrevivir. El comentario social y político es bastante claro y llevado a límites hilarantes gracias al absurdo del mundo que depende de las criptomonedas y todo lo banal que ha marcado una división donde ya no hay clase media, solo ricos y pobres.

Street Trash saca provecho de toda la “basura” del cine de serie b y z, lo más barato en producción, para crear una locura donde podemos ver claramente una influencia del cine creado por Troma, especialmente en las partes donde la gente se derrite poco a poco y los bultos deformes y grandes burbujas supuran sangre verde y azul. Y es que para esta cinta sudafricana no hay límites, pues hay desde penes cercenados hasta drogas alucinógenas que hacen de esta batalla algo verdaderamente divertido.
Otra parte que funciona de maravilla es la gran química entre el grupo de Ronald. Sean Cameron Michael tiene una relación interesante, tipo padre-hija con Alex, interpretada por Donna Cormack-Thomson, a quien rescata de una banda rival que está en contra del gobernador y sus planes de gentrificación y expansión de la riqueza, es clave para la locura rebelión en la que se meten casi de manera accidental. Ni qué decir de la aparición especial de Gary Green y su marciano azul imaginario, entre otros miembros del curioso grupo que conservan la comedia hasta a puntos grotescos.

Claro que la historia esta llena de un sin fin de absurdos y tonterías que están más por conveniencia para alargar el relato que por tratar de ahondar en los dilemas sociales que existen alrededor de Street Trash, pero que para Kruger y compañía solamente son el pretexto perfecto para divertirse y rendir homenaje a aquellas cintas independientes que han logrado un estatus de culto, buscando no un terror social distópico a lo Soylent Green (Flesicher, 1973), sino más cercana en espíritu y alma a locuras como Mutant Blast (Alle, 2018) o Class of Nuke ‘Em High (Kuafman y Haines, 1986).
Aunque si resulta menor que la otra “cosa” creada por el mismo Kruger hace unos años, esta nueva entrega de Street Trash cumple el cometido de ser divertida, tener un buen ritmo y una banda sonora tan alocada y retro como lo necesita. Claro que, como la cinta de 1987, es una cinta que no a todos les resultará placentera o divertida, pero eso es lo que hace a una cinta de culto, algo que seguramente logrará esta versión moderna del filme, especialmente por esa batalla que parece una calca de la vida real: ricos contra pobres, pero toda con excesos.

